Una esquina visiblemente triste de una ciudad en la que no querían estar, de la que claramente se sentían ajenos supo de alguna manera patética pero sensible perpetuar en la memoria de Pedro una calidez certera donde poder descansar.
Quizás supo él, que ese impulso hacia Laurel encausaba la concreción de una fantasía que moriría para eternizar en el recuerdo la proximidad sensorial y metafísica tal como los hacían aquellos planetas orbitando alucinados alrededor del sol en los cuentos de ciencia ficción y las revistas de ciencia de su padre Roberto.
Pedro siempre supo que esa brisa que sintió en el rostro frio por el invierno mientras se acercaba a Laurel derrotando ese juego intelectual que los había acercado, seria en definitiva la última oportunidad de verla en forma lúdica, dialéctica e intelectualmente estimulante.
Un mundo era infinito, pero el físico, el mutuo, ese que se esconde debajo de los tejidos tiene extremos que nunca comprendió.
“El deseo no es abstracto” piensa ahora, “no es creativo, es quizás lúdico pero no vuela, es terrenal y absurdo”; “es tonto y fetichista”.
Pedro comprendió en esa esquina en un segundo puntual de su vida porque Flash Gordon mientras se dirigían al planeta Mongo prefería la profundidad concreta del cuerpo de Dale a la infinidad astral del cosmos, pero más aun comprendió que es lo que atraía a Dale y su rigidez científica del caos anárquico de Flash.
Pedro sabia que Laurel era el fin de su juventud y ella con su inteligencia fría y extrema lo invito de la manera más humana a su alcance a abrazar la adultez.
Nada en el mundo de Laurel… nunca… se pareció al cosmos anárquico al que aspiraba Pedro.
Solo había un lugar, un principio donde Pedro conseguía atraerla a su cosmos.
Pedro era creativo y perfeccionista con la extrema belleza y sensibilidad de Laurel y eso a ella la devolvía a su niñez.
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